Leo escribe a Boquitas pintadas para contar una historia de amistad, amor e histeria que vivió a los 18 años. El recorrido, que él narra ahora después de 20 años, permite reparar en varias cuestiones. Una de ellas es cuál es el límite en una relación de amistad entre un gay y un hétero para que no se confundan las cosas, para que nadie salga herido. El cuerpo marca con bastante claridad ese límite.
Conocé la historia de juegos eróticos entre Leo y su amigo heterosexual Fabián. Luego intercambiamos opiniones.
Mis enredos antes de la primera vez
Por Leo
A los 18 años estaba enamorado de un compañero de trabajo, se llama Fabián. Cuando terminábamos de trabajar (trabajábamos en un sauna) salíamos a tomar algo, hacíamos largas caminatas de charlas, hablábamos de las cosas que teníamos ganas de hacer, amábamos el Italpark. Era una etapa en donde yo huía de mi familia, vivía en mi trabajo y ahí compartía mucho con Fabián, comíamos juntos, muchas veces nos bañábamos juntos, siempre dormíamos juntos. Era una amistad con un gran lazo afectivo, pero ¡yo estaba enamoradísimo! Amor que fluía por mi sangre y como la sangre no se ve, tampoco ese amor, que excedía la amistad.
Recuerdo cuando nos bañábamos, que jugábamos a enjabonarnos, entre el jajaja, jijiji, lo enjabonaba y él a mí, sólo la parte superior, nuestros brazos, tórax. No estábamos solos, en el baño circulaba gente. Así, nuestros cuerpos quedaban fragmentados en dos, las partes superiores permitidas, las partes inferiores prohibidas. Un día decidí dejarme llevar por lo que me indicaba mi sangre, mi adrenalina. “Tengo que decirte algo”, le advierto. Lo miro serio, me mira con cara de hacerse el boludo. Le digo: “Estoy enamorado de vos”.
Como dice mi amigo Ale, me encanta tirar bombas, con la diferencia que antes era más terrorista. Luego de mi declaración de amor al “chongo hetero Fabián”, lo dejé solo para que medite y procese mi maldición. Subo al primer piso donde estaba mi oficina y, ya solo, reflexiono. Estaba dispuesto a bancarme el rechazo, aunque no había posibilidad de ello, pensaba… No le reclamé nada, sólo le declaré mi amor. ¿Podría continuar la relación como estaba hasta entonces? ¿Seguiremos durmiendo juntos?, me preguntaba. En fin, yo tenía 18 años, pero parecía una quinceañera…
La amistad continuaba, se sumaban algunos chistes. Una de esas noches durmiendo juntos pero despiertos, comenzó el juego de los roces hasta que me toma la mano, esta curiosa que llega a su bulto, pareciera que tenía vida propia, independiente a mis decisiones. Pero no. Me tengo que hacer cargo. La cuestión es que retiro la mano. De su parte escucho un: “¿Yyyy?”.
Me pongo a dormir de verdad. Parecía que no quería ir más allá del juego, del juego del jabón, del juego de los roces, del juego de “la insoportable levedad del ser”. Pero, ¿qué carajo me pasa?, me preguntaba y ahora me respondo: Yo no tenía experiencia y Fabián, que siempre estaba con minas… no me veía haciendo el amor con él, por algo con los posteriores tipos, como un santiagueño, el de mi primera vez, estuve mucho más relajado.
No obstante, lo que describí recién no me resultaba indiferente ya que no era todo producto exclusivo de mi imaginación o mis fantasías, lo cual me confundía o hizo que me metiese con él. Es decir, él no sólo no me rechazó sino que proponía algo histérico, que también involucraba nuestros cuerpos. En el medio, repito: El era mi amigo y sabía que yo era gay y que estaba enamorado de él. Y en este punto me pregunto: ¿Fabián habrá tomado dimensión de lo que estos jueguitos provocaban? ¿Mi posición ante él engrandecía tanto su ego que no quería cortar con aquellos? ¿Un varón heterosexual que sabe que su amigo gay está enamorado de él, cae en la cuenta que a uno no le hacen bien estas situaciones?
La relación se complicó cuando Fabián comenzó a tener una novia, también compañera de trabajo nuestra, que como una invasora terminó conviviendo con nosotros. Yo ya no dormía con él, la ambivalencia amor-odio fluía por mi sangre. A pesar de esto Mariana, la novia de Fabián, me caía bien y yo demasiado bien a ella. Empezamos a tener una supuesta amistad, solíamos salir a recorrer la noche de Buenos Aires. A veces los tres. En realidad los quería a los dos, bueno, son las cosas del querer, como la vida de Miguel de Molina.
Una película que a Leo le encanta y que viene a cuento: Los amores imaginarios. Mirá el trailer
**
Una de esas noches inesperadas, durmiendo solo, ya tranquilo y acostumbrado, un fantasma se apareció en la habitación. Era Mariana, que compulsivamente se acuesta en mi cama, al rato su brazo se arrima a mi pecho, el contacto corporal crecía cada vez más. No sé por qué me dejé llevar, no dije que no. Pasó algo, algo que para mí fue insignificante, pero para Fabián no, que se enteró luego por ella en una discusión. Se pudrió todo, Fabián no me creía que ella no me gustaba, que sólo la quería como amiga.
El triángulo ya no estaba bueno, quería alejarme, pero el lazo afectivo todavía estaba puesto allí, ella detrás de mí, él por su parte continuó con su buena onda, pero con cierta distancia, que yo también necesitaba.
Por suerte dejé de amarlo, sí lo quería como él a mí.
Con el tiempo mi hermano, que conocía mucho a Fabián, me hace una pregunta muy vulgar y terrorista a la vez, en fin (se nota que es de mi familia):
- Che, ¿vos le tiraste la goma a Fabián?
- Whaaaat?” (mi amigo Ale sic)
Mi sensación de sorpresa y otra vez la ambivalencia amor-odio volvía a fluir por mi sangre. “Yo nunca tuve nada con él!”, fue mi respuesta. Con mi hermano muchas veces hablamos de intimidades, las experiencias amorosas y sexuales de alcoba. Siempre lo puse al tanto, sobre todo posteriormente, de quién me gustaba y con quién tendría alguna historia. Sabe que no tendría por qué mentirle. El caradura de Fabián le dijo esa pelotudez a mi hermano, que primero me sorprendió, después me dio bronca y luego me causó gracia. Parecieran ser tres etapas de un proceso.
Jamás me imaginé que Fabián podría tener alguna fantasía conmigo, o quizá simplemente que su comentario a mi hermano hacía sentirlo más macho, o… ¿puto?
Hoy Fabián vive en pareja con otra mujer, Natalia, y tiene dos hijas. Fui unas cuantas veces a su casa a almorzar y, como no deja de ser un caradura, un par de veces con sonrisita, me decía:
- Vos, ¡cómo te enamoraste de mí, eh!
Ahora, el que pone cara de hacerse el boludo soy yo.
Vuelta de página, papi, ya fue.
Te invito desde este espacio a que, como Leo, compartas tus historias, sus experiencias. Escribime a boquitaspintadas@lanacion.com. Te espero! Gracias!
* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” ¡GRACIAS!
No hay comentarios:
Publicar un comentario